A la memoria de Alejandro Leyva
Salvador Flores Durán*
La violencia asesina es la expresión máxima e irracional del Poder, político, fáctico o criminal. Y cuando el Poder no puede controlar a la Opinión Pública, mata periodistas.
Así lo han demostrado los grupos políticos. Si a pesar de las carretadas de dinero para controlar la narrativa nada funciona, si a pesar de los medios pagados que le lavan la cara sucia al régimen en el poder, no funcionan porque no tiene credibilidad ante el público, el último recurso para tratar de acallar la narrativa adversa es asesinar.
La noche del miércoles, mientras el cuerpo del periodista Alejandro Leyva se velaba, el secretario de Gobierno Jesús Romero López se reunía con un grupo de corifeos que le daban consejos sobre cómo minimizar las afectaciones a la imagen del gobernador Salomón Jara. Le decían qué no les gustaba de las mañaneras, donde algunos de los asistentes a la reunión acuden como focas. Son algunos especímenes que desde tiempo atrás han sido caníbales y lucrado con las tragedias de sus propios compañeros.
Ahí estaba la inútil titular de la Defensoría de los Derechos Humanos, Elizabeth Lara Rodríguez; el amiguito de Jesús Romero, Daniel Hernández; el otro amiguito prestanombres del “mero mero” que se dice “analista político”, incapaz de redactar una nota de policiaca, el gordo “asesor político” de funcionarios que se enriqueció con los priistas y saqueó la Fundación Cobao. Viejos personajes del peor periodismo oaxaqueño.
En redes y grupos de reporteros circuló la amenaza a otro compañero periodista y en el velorio se respiraba un ambiente tenso y ominoso. Mientras Leyva, miembro de la APO, era velado, algunos de sus compañeros y dirigentes buscaban quedar bien con el poder del que viven y les da sustento. Esos que no han oído ni de lejos El Zumbido del Moscardón.
“Oaxaca ya se pudrió y no hay vuelta atrás», me comentó un viejo amigo juchiteco que ha vivido de cerca el infierno de la violencia criminal.
En la reunión convocada por Jesús Romero para lavarle la cara al gobernador Salomón Jara, dijo textualmente: «no nos convenía matar a Leyva». De este tamaño es la mediocridad del funcionario. Y hacia esa desviación de la mirada pública enfocan sus baterías.
En un Estado, el primer responsable de la muerte de un periodista es el Gobierno, porque está obligado a garantizar la vida de sus gobernados. Sobre todo porque Leyva había sido objeto de agresiones y acoso judicial por su voz crítica sobre asuntos de interés público a nivel estatal.
Las implicaciones del asesinato del periodista tienen alcances muy importantes en la lucha por el poder en Oaxaca. Los principales afectados son los que Leyva mencionaba en sus columnas. Con este crimen Jara pierde cada vez más, en el ámbito público y en su propio partido, la facultad para imponer candidata o candidato a la gubernatura y, con ello, la posibilidad de tener impunidad y la protección que va a necesitar una vez que deje el poder, por el desastre que ha sido su gobierno para las y los oaxaqueños y las venganzas que llevó a cabo.
Algunos buscan descalificar a Alejandro Leyva por sus vínculos priistas, como si los reporteros no tuvieran la libertad de tener una ideología o preferencia política.
Ahora señalan sus lazos familiares y priistas y las funciones que desempeñó en el gobierno de Ulises Ruiz en el 2006. El argumento que difunden quienes quieren lavarle la cara al gobierno de Jara es que los responsables deben buscarse analizando sus vínculos con los Murat, los acérrimos enemigos de Salomón.
En sus columnas, un género donde las filtraciones de datos e información son muy importantes, hay muchos elementos que habría que corroborar e investigar a fondo, pero la mayoría de quienes nos dedicamos a este oficio sabemos que todo esto tiene un gran riesgo y que se deja pasar la investigación porque implica tiempo y esfuerzo, y no hay medios que puedan pagar un salario justo. Y porque ningún salario vale arriesgar la vida.
Es claro que en México la justicia no funciona, que difícilmente vamos a saber quiénes son los responsables intelectuales de este artero asesinato, porque la impunidad ha sido la constante en los crímenes de periodistas.
Un viejo reportero de un medio nacional, autor de varios libros sobre los cárteles en México, me dijo una vez que el periodismo no necesita héroes, que no valía el riesgo hablar sobre el crimen organizado. Sobre todo, cuando el crimen ha ganado los espacios de la política y del propio Estado.
No vale la pena si no tienes el respaldo de un medio nacional lo suficientemente fuerte para que su alcance y penetración en la opinión pública se convierta en tu red protectora. El periodista solo cuenta con eso, con la red protectora que debe tejer durante años de buen periodismo.
La lección más importante para el periodista es que publicar no debe poner en riesgo su vida, porque no estamos en Dinamarca; que todas las filtraciones con aparentes muy buenos datos, tienen que verificarse, aún cuando el género sea opinativo.
Ese es el poder maligno de la violencia asesina contra los periodistas. Te coloca en el callejón sin salida de la autocensura, del miedo y la impotencia.
No fuimos grandes amigos, no compartimos ideas, ni una visión cercana del ejercicio periodístico, siempre mantuvimos mucha distancia, pero nunca nos confrontamos. Nunca estuve de acuerdo con las prácticas que llevaron a la APO a convertirse en un cadáver periodístico y a manejarse como propiedad del viejo Murat, pero me pareció que su trabajo en los últimos meses era importante, que daba a conocer información a la que muy pocos tenían acceso y me sorprendía la valentía visceral con la que se refería a Salomón Jara, a Jesús Romero López y a Geovany Vásquez Sagrero, entre los otros morenistas que diariamente señalaba, pero siempre levantaré la voz para exigir que se garantice el derecho a la libertad de expresión y a la vida de quienes ejercen este oficio. Incluso de quienes ahora escriben descalificando a Alejandro Leyva.
Desde este pequeño espacio, levanto la voz para exigir al gobierno de Salomón Jara que se garantice la seguridad del compañero que fue amenazado en las redes sociales.
Por mi parte, en breve presentaré una denuncia ante la Fiscalía por la amenaza que recibí en mi número personal desde hace varios días. Pensaba que no valía la pena denunciar una amenaza vulgar, pero después del asesinato de Alejandro Leyva no se puede dejar pasar ninguna señal ominosa, por pequeña que sea.
*Director de Crónica de Oaxaca.